viernes, 24 de octubre de 2008

Me llama mi papá para preguntarme qué quiero para mi cumpleaños. Zapatillas, Ropa, perfumes le respondo. Una gift card me ofrece. Y yo, que descubrí en mi papá al mejor consejero de Chile, le quiero responder que me bastaría con una llamada telefónica. Que me bastaría con un poco de ambición, de orgullo, de caracter, de tiempo.
Sí, eso es lo que más quiero y que menos siento que tengo: Tiempo.
Tiempo para pensar, para escuchar todo lo que quiero, para leer, para mirar con tranquilidad el paso de las estaciones del año.
Tiempo para reir y para llorar sin miedo a que en eso se te vaya la vida.
Tiempo para mirar a los ojos, para darte un abrazo fuerte, apretado.
Tiempo para recordar quien era y querer volver a serlo.
Tiempo para ver qué hemos perdido, qué hemos ganado, cuánto de esto es verdad.
Tiempo para morir en vida un millón de veces.
Tiempo para caer y levantarse, limpiarse las rodillas y las manos y seguir caminando con la frente igual de alta.
Tiempo para escuchar, para ayudar, para remover cada célula de tu cuerpo sólo con ondas.
Tiempo para despertarte una mañana con un sueño demasiado sueño y desear con todo el corazón que se haga realidad.